viernes, 30 de marzo de 2018


EL CUERPO OCULTO
Autobiografía de la corporalidad y movimiento en la educación artística escolar desde una visión del desarrollo humano.



Este ensayo busca reflexionar sobre el lugar que tuvo la corporalidad, el movimiento y la expresión artística en la educación de un individuo en los finales de la década de los ochentas y durante casi toda la década de los noventas. Ese individuo soy yo, Davys Lorenzo Sánchez Ccorahua,  y gracias a este ejercicio realizado en primera persona, busco entender esta etapa de mi desarrollo humano a través del enfoque del modelo ecológico de Bronfenbrenner y el  ciclo vital de Paul Baltes, para tomar consciencia de mi presente y por qué no, tomar decisiones para mi futuro. 

En este primer recorrido busco entender el proceso de mi vida que me llevó a dedicarme a lo que actualmente hago y que siento como vocación: la pedagogía a través del arte del movimiento. Quiero indagar en cómo ciertos conceptos de los modelos teóricos de desarrollo humano de Bronferbrenner y Baltes, encuentran eco en los eventos de mi vida, desde mi niñez hasta mi juventud. Entre estos conceptos,  resalto:  la interinfluencia entre individuo y entorno a través de  los diversos sistemas o actores del medio ambiente; el desarrollo como proceso biológico, cognitivo y socioemocional que se da a lo largo de toda la vida; y la relación entre cultura, cuerpo e individuo, como un tejido de proceso de vida que se entiende desde lo multidimensional y multidireccional, en donde los factores de cambio, plasticidad, crecimiento, perdida, ganancia y compensación, obtienen mucha relevancia.

Yo-individuo.
Mi nombre es Davys Lorenzo Sánchez Ccorahua, soy educador a través del movimiento corporal. Mi formación se inicia en las artes escénicas (teatro y danza contemporánea) y se va enriqueciendo con otras disciplinas de movimiento, relacionadas al autoconocimiento y el bienestar corporal (educación somática). Actualmente enseño en una institución pública de formación artística y en proyectos privados de educación y bienestar socioemocional. Busco aprender enfoques de pensamiento, teorías, métodos y técnicas y otros saberes, para tener un diálogo más amable con mi cuerpo y buscar un equilibrio dinámico en mi salud  física y emocional. Me he dedicado a enseñar más que a bailar en escenarios. A mis 38 años de vida, siento que la pedagogía  será el camino principal de mi ciclo de vital, y que voy a seguir buscando aprender a lo largo de toda mi vida.

Mi microsistema
Desde que nací, he vivido en el distrito de Comas (Lima Norte), en casa de mis padres; ellos son adultos mayores, migraron del departamento de Apurímac a Lima hace más de cincuenta años. Tengo dos hermanos y una hermana que ya no viven con nosotros, pues tienen sus respectivas familias. Mi padre es jubilado pensionista, toda su vida laboral estuvo ligada al sector hotelero, su educación formal llegó hasta el nivel secundario; mi madre es empleada doméstica desde que llegó a Lima y no pudo terminar la educación primaria. Soy el único hijo de la familia que tiene educación superior y universitaria. Mis hermanos varones son microempresarios  y mi hermana, actualmente al igual que mi madre, también es empleada del hogar. 

Mis recuerdos de la niñez y adolescencia están enmarcados por la escasez de alimentos en el gobierno de Alan García, el fujishock, la tecnocumbia, el terrorismo, los diarios chicha, los talk shows de la televisión “basura” y “la honradez, tecnología y trabajo” del gobierno de Alberto Fujimori.

Mi primer acercamiento social y organizado a la actividad artística fue a la edad aproximada de 10 años  en un proyecto de teatro comunitario que se realizó gratuitamente en mi barrio durante un verano. Mis padres me dieron  permiso para participar en el taller, pero no tuvieron el tiempo para acompañarme en mi proceso, ni el conocimiento  de los beneficios del arte en mi desarrollo,  para motivarme a continuar en estos espacios de educación alternativa. Las energías para hacerme algún acompañamiento, las invertían en mi educación escolar. Lamentablemente, el taller de arte comunitario no tuvo continuidad; en toda mi educación primaria y secundaria, no recuerdo alguna experiencia de corporalidad y arte tan intensa y emocionante como la que sentí en este breve taller.
Estudié la secundaria en un colegio estatal de mi barrio. Nunca hubo  un espacio dedicado visiblemente a las artes escénicas (ni danza, ni teatro). Sólo recuerdo haber representado con mucha emoción y empeño, una escena de la novela Crimen y Castigo, del escritor Fiódor Dostoievski, en el curso de Literatura Universal, en quinto de secundaria.  El lugar visible y oficial para el cuerpo y el movimiento, era el curso de Educación Física, con actividades básicas y repetitivas de calistenia, resistencia física, y dominado por el futbol para hombres y vóley para mujeres.  No obstante, recuerdo haber disfrutado una breve experiencia de saltar sobre taburetes en un bimestre dedicado a la gimnasia. 

Casi al terminar el quinto grado de secundaria, conocí a un alumno de otro salón que hacia teatro, obviamente en un taller fuera del colegio. Mis conversaciones con él fueron breves pero despertaron en mí, una inquietud por saber más del teatro. 

Debido a mi buen historial académico escolar y ganar todos los años el “primer puesto en aprovechamiento y conducta”; mis padres, hermanos, profesores, y yo, sabíamos que mi camino era postular a la universidad. Hice un test de orientación vocacional que me indicaba una afinidad a las carreras de Educación o Comunicaciones. Luego de más de un año de preparación en una academia preuniversitaria, ingresé a la carrera de Comunicación Social en una universidad pública. 

En mi vida universitaria, volví a encontrarme con el teatro; luego apareció la danza contemporánea, ambos como procesos formativos en paralelo a mis estudios universitarios. Luego de terminar la carrera, trabajé algunos años en el área de producción audiovisual, mientras  seguía estudiando danza contemporánea;  me animé a realizar mis primeros intentos como profesor de danza y expresión corporal, hasta que decidí dedicarme completamente a la práctica de la danza contemporánea y a la pedagogía a través del movimiento. 

A través del modelo ecológico de Bronfenbrenner y algunos aportes del ciclo vital de Baltes, me gustaría repensar la historia de mi desarrollo personal, reconociendo los distintos actores y sistemas de mi medio ambiente, así como la interacción entre ellos; para entender cómo fue el camino de la corporalidad, el movimiento y el arte en esta etapa de  mi ciclo de vida.

Este período de mi vida estuvo determinado en mayor grado por la escuela y mi familia, espacios  de mi microsistema en donde la corporalidad, el movimiento y el arte no tenían visibilidad. Mis padres, que migraron en su adolescencia a la capital, tal vez no tenían la experiencia de vida o la seguridad para transmitirme su cultura a través de sus danzas. No recuerdo haber realizado actividades relacionadas a la práctica y difusión de las danzas folklóricas en la escuela. La danza como herramienta educativa nunca existió en mi vida escolar. Esta interacción meso sistémica (Brofenbrenner, 1987) entre familia y escuela no era favorable para promover la corporalidad y el arte; más bien, fue en la interacción entre mi vecindario y mis pares, donde encontré la oportunidad para acercarme a mi cuerpo y mi expresión. 

¿Por qué no pude seguir descubriendo mi identidad a través del cuerpo y el movimiento en estos espacios alternativos de arte? En este punto, pienso cómo influyeron los factores históricos, económicos, sociales, culturales en mi desarrollo vital a través de las normativas impuestas en mi vida escolar (Dulcey y Uribe, 2002). Según estas normativas, mi aprendizaje estaba circunscrito oficialmente a mi educación en la escuela, todo lo pudiera aprender fuera de ella no tenía el reconocimiento social suficiente, condición reforzada por el hecho de que mi familia no tenía la visión necesaria para reconocer la validez de otros aprendizajes alternativos.  

Por otro lado, desde una mirada a factores indirectos del exosistema del modelo ecológico, (Brofenbrenner, 1987), puedo entender que las exigencias laborales de mis padres les impedían tener tiempo y fuerzas para estar más cerca de mis vivencias y necesidades formativas. Si hablamos de la política educativa de ese tiempo, puedo recordar que el énfasis del gobierno de Alberto Fujimori era priorizar la implementación de infraestructura y tecnología en la construcción masiva de colegios, muchos de los cuales terminaron siendo “elefantes blancos” que se desmoronaban al poco tiempo de inaugurados. La educación artística nunca fue una prioridad para el Estado, ni en el gobierno aprista ni en el de Fujimori, y por eso existían iniciativas ciudadanas para resistir esta indiferencia, como las que organizaron los jóvenes artistas que hicieron aquel taller de arte comunitario en mi vecindario. Pero también sospecho que ellos no pudieron tener un trabajo continuo en la comunidad debido a la crisis económica, el temor a ser considerados revoltosos políticos o el crecimiento del individualismo en una etapa histórica dominada por la sociedad de consumo, el neoliberalismo, la violencia política, la vulgarización de la cultura y otros factores del macrosistema del modelo ecológico (Brofenbrenner, 1987) que incidieron en las decisiones que tomaron mis padres y los jóvenes artistas, las que a su vez influyeron en mi vida. 

Este contexto poco favorecedor para el cuerpo y la expresión artística,  hizo que el vivenciar esta experiencia de arte en mi comunidad fuera, paradójicamente, un evento singular en mi vida que escapa a las normas y constituyo un hito, tal como lo menciona Baltes  (Dulcey y Uribe, 2002), que marcó mi vida y que encontró eco más tarde en mi educación universitaria y en mi vida actual.

Siguiendo a Baltes, me gustaría reflexionar en mi desarrollo a través del cuerpo y movimiento como una construcción donde mi biología, cultura e individualidad se influenciaron unas a otras. (Dulcey y Uribe, 2002).

Pienso que la cultura influyó en mi cuerpo de forma atrofiante. Tuve que esforzarme mucho en mis inicios en el teatro físico y la danza contemporánea para tratar de compensar físicamente las habilidades motoras que nunca trabaje en mi vida escolar. En el plano individual, siento que la cultura escolar nunca valoró el cuerpo como medio de expresión y comunicación, todo esto recién lo redescubrí en mi época universitaria.

Mi cuerpo influyó en mi individualidad al reconocer que tenía habilidades incipientes de agilidad y cierta plasticidad en mis movimientos; cualidades que descubrí en una breve experiencia de gimnasia en la secundaria, en un bimestre del curso de Educación Física. El disfrutar esta experiencia me hizo pensar que había otras opciones de actividad física además del fútbol. Me hubiera encantado que la gimnasia continúe o se hubiera hecho más popular en mi colegio, tal vez así hubiera podido destacar para tener algún impacto en la cultura escolar de mi centro educativo.

Al igual que mi cuerpo, mi individualidad no tuvo la capacidad necesaria para influir en la cultura escolar de mi colegio en el ámbito del cuerpo y el movimiento; ciertamente yo fui uno de los alumnos más destacados a nivel académico, pero no encontré el espacio donde desarrollar mis otros intereses, ni las herramientas para influenciar ni motivar a mis pares. 

Me pregunto ¿Cómo me movía, cómo me expresaba con mi cuerpo en la escuela? Creo que la mayoría del tiempo en la escuela, me preocupaba en proteger mi cuerpo, mis ideas y deseos ante el acoso escolar siempre presente en el colegio. Llevaba mi necesidad expresiva a experiencias personales en la intimidad de mi habitación. Sólo recuerdo la representación de la escena de la novela rusa en el curso de Literatura o el saltar taburetes en Educación Física, como experiencias expresivas y emocionales motivadoras a través del cuerpo. 

Veinte años después, me encuentro en una situación opuesta a mi rol de escolar; soy docente en una institución que forma educadores a través del arte y tengo la posibilidad de influir como agente en los microsistemas de mis estudiantes.  A la vez, sigo buscando espacios de formación porque soy consciente  que el desarrollo y la capacidad de cambio y aprendizaje se dan durante toda la vida, como propone Baltes y que mi vida personal y profesional sigue interactuando con el medio ambiente, con toda la complejidad de sus esquemas y actores. Queda pendiente una mirada de mi presente a través de estos modelos teóricos que proponen Baltes y Brofenbrenner.


BIBLIOGRAFíA
Bronfenbrenner, U. (1987). La ecología del desarrollo humano. Paidós.
Dulcey, E. y Uribe, V. (2002). Psicología del ciclo vital: hacia una visión comprehensiva de la vida humana: Revista Latinoamericana de Psicología, 24 (1-2), 17-27.

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